Una de pulpo con sorpresas

De vez en cuando JP y yo hacemos la compra en la sección de alimentos de Kaufhof, que viene siendo un poco el Corte Inglés alemán. En general, Kaufhof es carilla y tiene mucha chorradita gourmet, pero por otro lado también es la única tienda donde hemos visto corazones de pollo y además por un precio ridículo, así que últimamente, como hemos vuelto al régimen, nos pasamos por allí una vez a la semana a por nuestra bandejita de sabrosos órganos vitales que los compañeros de curro confunden con aceitunas.

Ayer, además, tenían pulpo y hoy nos tocaban calamares para comer. Una, que a veces habla sin pensar cuando se trata de meterse en berenjenales, exclamó “Anda! Pues tú nunca has probado el pulpo a la gallega que hace mi padre, no?”. Mi padre hizo la mili en A Coruña y hace un pulpo a la gallega de tirarse boca arriba en el suelo y menear las patitas a lo cucaracha borracha. Yo, como hija de mi padre, tiendo a pensar que eso debe andar en los genes (me pasa lo mismo con la tortilla de patatas, que me sale muy decente pero nunca tan buena como a él), así que metí la bandeja de pulpines en la bolsa muy ufana.

Primera sorpresa: no venían cocidos. Congelados, sí, pero no cocidos. Internet me dice que tengo que hervirlo una cantidad de minutos exacta antes de que se ponga duro después de ponerse blando después de ponerse duro y luego brasearlo en sus jugos a una temperatura aproximada de huevo de dragón valyrio después de siete horas en chimenea de leña de bosque de Narnia. No tengo horno y sigo buscando. Internet me dice que tengo que cocerlos en tres cazos, cambiándolos de cazo cada vez que el cazo vuelve a hervir, repitiendo tres veces y media, removiendo en el sentido contrario a las agujas del reloj y recitando las treinta últimas líneas de la carta a los Corintos al revés con acento checheno. Al final me limito a poner agua a hervir en mi único cazo y dios dirá.

Segunda sorpresa: parecía que no, pero venían enteros. Como estaban congelados hasta que no los descongelé no me di cuenta de que estaban, más que colocados en la bandeja, engurruñados en la bandeja, con los tentáculos cada uno de su madre y de su padre, las cabezas deformadas y diversos pedazos de pulpo que no quise mirar mucho. Mi microondas es una mierda y estaba aún medio congelado, así que tuve que despegar los tentáculos replegados dentro de los traumatismos craneoencefálicos del pobre cefalópodo. Muy gore todo. Ya sé que en teoría hay que cortar alrededor del pico de loro y sin más que tirar ya salen todos los órganos vitales, pero a estas alturas me daba más bien igual. O mejor dicho, podía ver órganos vitales esparcidos por el suelo de la cocina de aquí a casa del vecino. Me limité a cortar los tentáculos y hervirlos durante dos horas, momento en el que…

Tercera sorpresa: me dí cuenta de que no era todavía la hora de comer. Me había levantado a las 8 y me había puesto a descongelar, mutilar y cocer pulpo, sin pararme a pensar que a las 10 de la mañana iba a tener el pulpo ya cocido y no era plan de ponerme con las patatas.

Cuarta sorpresa: cuando el pulpo lo hace papi? Entre otras cosas me ahorro saber que, al cocerlo, la piel se suelta y se queda como una pasta gelatinosa alrededor del tentáculo que hay que arrancar a mano .__________.

Quinta sorpresa: nada como el pulpo español; después del hervor eso ya no eran tentáculos, eran hebras de lana marina.

Sexta sorpresa: ESTABA PARA MORIRSE, Y NO PORQUE LO HAYA HECHO YO. Pero una y no más, santo Tomás; cuando vaya en Semana Santa me llevaré el de mi padre en un tupper.


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