de todo menos Chomsky

A un mes de los exámenes o en medio del NaNoWriMo o a dos semanas de Navidad, o en general en el peor momento posible de algo que requiera de tiempo y concentración, siempre me invade un ansia horrible por hacerlo todo (todo menos lo que tengo que hacer, se entiende) y arrastrar a otros conmigo. Estudio pensando en fanzines que jamás existirán, en novelas ilustradas o colecciones de relatos que van a escribir los duendecillos pero que quedarían monísimos en Issuu, en tiendas de Etsy vendiendo encargos que no me daría tiempo a terminar y en volver a escribir esos diarios tan bonitos por fuera y tan chungos por dentro, con cosas que me encontraba en el suelo grapadas de cualquier manera. Quiero llenar Moleskines de acuarelas, así que tengo que aprender a pintar, y retomar el malabarismo de contacto, y escribir todas las novelas que dejé a medias y todas las novelas que destruí cuando alguien las sacó a rastras a la luz. Son las seis semanas al año en las que mis argumentos y personajes me parecen atrayentes, porque están al otro lado de una montaña de apuntes sobre Cicerón y sus aportaciones a la retórica (o peor aún, la teoría de la traducción y sus no-aportaciones al Universo en general). Me planteo desempolvar el Photoshop, reinstalar en Freehand y recopilar los clips para todos los fanvids que tengo apuntados por ahí, y de paso terminarme el Dragon Age II, el Fable III y el Mirror’s Edge. Quiero escribiros cartas y aprender más técnicas de origami que las grullas de papel, dedicarle tiempo al scrapbooking, pulir mis yarn overs y los remates, poner orden en mi bolsa y buscar un proyecto para cada montón de lana. Gracias a Dios no tengo espacio porque si lo tuviera también querría una máquina de coser y aprender a ídem, igual que ya me están atacando las ganas de comprarme un bastidor para bordar murales tamaño salón de señor feudal. Actualizo con cualquier chorrada mi perfil de LinkedIn, posteo sin tener nada que decir y gimoteo porque debería corregir Acquaforte pero tengo que estudiar, y de todos modos tampoco soporto corregir. Es como si alguien te cogiera de los pelos de la nuca y te hiciera jugar a atrapar la manzana con los dientes en un lavabo lleno de zumo de limón. Os acordáis de cuando escribía fanfics tamaño novela? Yo sí, mucho. Era fácil. Era divertido. En realidad era vergonzoso de malo, ni fácil ni divertido, pero el tiempo y la obligación de hincar los codos han ido limando esas asperezas y ahora lo veo todo idealizado y envuelto de algodón de azúcar, una bola de angst para asesinar diabéticos.

Hacedme callar, mandadme a la mesa con mis apuntes y no me déis de comer después de la medianoche, por favor.


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